En los últimos años, en el tratamiento de la ansiedad ha cobrado gran relevancia el enfoque transdiagnóstico, una nueva perspectiva en la comprensión y tratamiento de las afecciones psicológicas.
Antes de nada, es necesario comprender las dificultades que encierra el diagnóstico en psicopatología. En estos tiempos, en los que cualquier enfermedad se puede diagnosticar muy fácilmente gracias a pruebas diagnósticas que reúnen las técnicas más avanzadas, en el área de las afecciones mentales el diagnóstico sigue basándose en la observación de síntomas o la descripción de los mismos por parte del paciente. Y es que todavía se desconocen en gran parte los correlatos orgánicos, si es que los hay, de la mayoría de los trastornos mentales.
Pero ¿qué significa el enfoque transdiagnóstico y qué aporta? Para comprenderlo es necesario hacer un recorrido por los sistemas de clasificación en psicopatología.
Todos hemos oído hablar del DSM y del CIE, manuales oficiales elaborados para el diagnóstico de los trastornos mentales. Durante muchos años, dichos manuales han seguido un enfoque categorial.
Los sistemas categoriales asignan a un conjunto de síntomas una categoría diagnóstica. Es decir, para que una persona reciba un diagnóstico es necesario que reúna todos los síntomas señalados en dichos manuales. Sin embargo, en la práctica, el sistema categorial presenta algunas limitaciones: por una parte, es frecuente encontrar sujetos con grandes disfunciones y fuertes necesidades de apoyo que, sin embargo, no cumplen todos los criterios para poderles asignar una etiqueta diagnóstica. Además, dentro de cada categoría diagnóstica encontramos grados de severidad muy diferentes. Por último, es habitual que en la misma persona se den síntomas de trastornos diferentes, dando lugar en muchos casos, a una alta comorbilidad (o presencia de varios trastornos).
Ante estas dificultades, surgieron los enfoques dimensionales. El diagnóstico no se puede reducir a la dicotomía de la presencia o ausencia de un conjunto de síntomas. Es necesario considerar la normalidad y el trastorno como los extremos de un continuo de afectación en unas dimensiones. Se empieza entonces a hablar de trastornos internalizantes (basados en un alto afecto negativo), los trastornos externalizantes (relacionados con la impulsividad y el déficit en inhibición), los trastornos del pensamiento (cogniciones atípicas y bizarras), etc.
El enfoque transdiagnóstico representa una nueva perspectiva, que integra los dos enfoques anteriores, al comprender los distintos problemas y trastornos psicológicos desde los procesos cognitivos, afectivos, conductuales y fisiológicos que comparten.
Una de las ventajas de este enfoque es que permite entender las altas tasas de comorbilidad que conllevan los enfoques categoriales, sobre todo, en el caso de la psicopatología infantil. Muchas veces, poner una etiqueta diagnóstica es una ardua tarea. Encontramos niños o jóvenes que cumplen criterios diagnósticos para varios trastornos del neurodesarrollo, tales como TEA y TDAH, aunque a veces de forma subclínica, unidos a trastornos internalizantes, como la ansiedad. Desde el enfoque transdiagnóstico, las dificultades se analizan desde los procesos alterados que comparten distintas categorías diagnósticas: procesos ejecutivos (por ejemplo, las dificultades para el control atencional), procesos emocionales (como la desregulación emocional), factores biológicos (todavía muy desconocidos en la mayoría de las dificultades psicológicas), conductas, etc.
Otra gran ventaja es su vertiente terapéutica. La terapia transdiagnóstica se basa en una perspectiva integradora y global, que tiene en cuenta todas las dimensiones de la persona. Los tratamientos tradicionales de la ansiedad se centraban en las causas concretas que provocaban el malestar; sin embargo, es habitual que esas causas vayan evolucionando a lo largo del ciclo vital: por ejemplo, una misma persona puede haber experimentado síntomas de ansiedad de separación en su niñez, ansiedad social en la juventud y en la etapa adulta sentirse abrumado por un trastorno de ansiedad generalizada. Y es que los procesos cognitivos y psicológicos que provocan la ansiedad son los mismos, aunque la forma en que se manifiestan cambie en función de la etapa vital. Desde la comprensión profunda de los distintos factores que subyacen a la ansiedad y al malestar emocional, la terapia transdiagnóstica trata de incidir sobre procesos comunes, tales como la desregulación emocional, la disfunción ejecutiva, la intolerancia a la incertidumbre, una identidad insegura, etc. Mejorando todos estos procesos en la etapa infantil y juvenil estaremos sentando las bases de una mejor salud mental en la vida adulta.
Este enfoque cobra un mayor interés en el caso de la comprensión y el tratamiento de la ansiedad en personas con TEA. La relación entre el autismo y la ansiedad es muy interesante, ya que no solamente es habitual encontrar síntomas de ansiedad en personas con TEA, sino que además es frecuente encontrar síntomas autistas en niños y jóvenes con ansiedad. Por ejemplo, es frecuente encontrar dificultades tempranas para la imitación espontánea, para el juego imaginativo, para la interacción social y para compartir intereses, aunque en una intensidad suave, en niños con trastorno de ansiedad. Existen evidencias empíricas de la presencia de una fuerte relación entre los rasgos autistas y los síntomas de ansiedad y que a medida que disminuye la ansiedad también mejora la sintomatología autista. Todo ello apunta a procesos transdiagnósticos comunes, que es necesario comprender y tratar. Es necesario seguir avanzando hacia la creación de una teoría transdiagnóstica de la ansiedad en los Trastornos del Espectro del Autismo, que revierta en un protocolo transdiagnóstico para su prevención y tratamiento.
Autora: Dra. Carmen Beneytez Barroso
